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☾ ⋆ Three steps to Andrómeda ⋆ ☽ :: Rol Priv.

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Re: ☾ ⋆ Three steps to Andrómeda ⋆ ☽ :: Rol Priv.

Mensaje por Stonem Girl el Mar Dic 05, 2017 10:36 pm

El sonido de las alarmas sigue gritando que hay graves problemas y que nada se ha resuelto, pero aún soy capaz de escuchar el eco de mis propias pisadas. Me siento perdida; mi cabeza está en un círculo vicioso, yendo de la preocupación al miedo y estancándose más en éste último. Voy con lentitud, voy cautelosa, siempre creyendo que hay alguien tres metros delante de mí, apuntándome con un arma o listo para saltar y atacarme. Estoy llena de expectación ante algo que no quiero que suceda, porque es mejor anticipar que ser sorprendida.

¿Pero si en verdad pasa algo?

No tengo armas y no creo ser capaz de defenderme de alguien que puede violar la seguridad de esta base militar. Soy un blanco fácil. Mi única opción sería escapar en la dirección contraria y buscar el resguardo y el apoyo de los otros soldados, sé que sólo así podría sobrevivir en caso de encontrarme con el intruso. Tengo que afrontar mis debilidades y ser  consciente de lo que puedo y no puedo hacer. Y mi batalla era llegar a salvo con los demás. Principalmente encontrar a Aries y Ra, porque mientras el miedo que siento es por mí, la preocupación creciente es por ellos; a diferencia mía, esos dos sí que buscarían al intruso para capturarlo. Son lo que un soldado debe ser.

El recuerdo de ellos acaba cuando el retorcido ruido de un disparo llega a mí. Me detengo ahí mismo, estremecida. No ha sido cerca, o al menos eso quiero pensar, porque las alarmas modifican y distorsionan cualquier otro sonido. Pero eso ha sido un disparo, sólo uno, lo que quiere decir que sólo uno ha sido necesario, o sólo uno han alcanzado a hacer…

Mis manos, mis piernas y mi cabeza, todo se había apagado, como un devastador y paralizante entumecimiento. No pude seguir los próximos segundos. Sin embargo, mi propio cuerpo se encargó de ir despertando por sí mismo, temblando y respirando más fuerte. Algo grita que me mueva y yo comienzo a caminar más rápido, troto y después corro. Encuentra a los demás, se repite urgentemente en mi cabeza una y otra vez. Y yo hago caso, y mi linterna alumbra a un lado y luego al otro debido a mis movimientos. Ni siquiera me pongo a pensar a dónde voy y dobló hacia la derecha en un pasillo.

Y entonces la linterna ilumina directamente un cuerpo tendido sobre el suelo,  sobre una mancha roja oscura que ya se ha extendido lo suficiente. El olor a sangre me golpea la nariz y el terror me hace abrir la boca para gritar, pero de nuevo mi propio cuerpo me ayuda a reaccionar y me tapo la boca con las manos. Silencio. Yo tiemblo presa del pánico pero guardo silencio, con la mirada fija en ese cuerpo, en la sangre, en la carpeta y los papeles regados,  y por último en el rostro sin vida que ve en mi dirección.

Cael Zabat.

Una especie de hueco se abre en mi pecho y mis ojos comienzan a quemarme. Las ilusiones de que todo salga bien se disipan frente a mí. Despacio descubro mi boca y me acerco a Cael, un paso a la vez, hasta detenerme justo antes de pisar su sangre. Hay tanta que no puedo saber dónde está la herida. Siento que podría vomitar.

—Lo siento… —murmuro y mi voz es agitada, triste y desesperada—, lo siento…

Sé que está muerto, pero me disculpo con él. Me disculpo por haber estado caminando y no llegar antes a auxiliarlo, por ni siquiera revisarle el pulso y tenerle esperanzas. En especial me disculpo por tener que dejarlo aquí solo, porque debo seguir. El miedo esta vez no me paraliza, sino que me hace querer correr y esconderme. Estar frente a la muerte, ante este golpe absoluto de realidad, me hace desear sobrevivir como nunca antes.  Tengo que irme.

Vendremos por ti, soldado Zabat.

Apago la luz. El enemigo puede estar muy cerca todavía y no puedo indicarle mi dirección. ¿Pero a dónde iré, por dónde? Podría regresar por donde vine, podría seguir adelante, o quizá regresar al cruce anterior e ir por otro pasillo. Todo será cuestión de suerte. Una moneda al aire que decide si me encuentro o no con el intruso.

Decido seguir adelante.

Mas algo, alguien, me detiene por detrás tomándome completamente por sorpresa e instintivamente jalo aire para gritar, pero me cubren la boca antes de emitir ruido alguno y el terror me come ahí mismo, me roba las lágrimas que logré contener hace un momento. Toda esperanza y fuerza me abandonan.

Se ha acabado para mí.
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Mensaje por AVAN el Miér Dic 06, 2017 2:43 am

Ra.




Mis botas están manchadas de rojo, mi piel está caliente y húmeda. Siento el hedor de mi propio sudor y el aire podrido y apestado de la pólvora. Las personas corren a mi alrededor en estampida por todas partes, como animales, como malditas ratas; gritando, tropezando, bloqueando mi camino y haciéndome desear con todas mis fuerzas que se callen y dejen de estorbar, que dejen de ser tan estúpidos. Rezar no abriría estas puertas, rezar no te daría un cuerpo antibalas. Lo único que nos sacaría de aquí eran las armas, y las cabezas de nuestros enemigos colgando sobre el escritorio del general.  

Así que me muevo entre ellos como sacos de arena, sin fijarme en sus heridas, en sus rostros o sus lamentos. Los esquivo lo mejor que puedo y agilizo mi paso escaneando los caminos y las posibles rutas que pudo tomar ella. Que, como un infierno, estaba seguro que no se había quedado quieta. Y entre los gritos, los murmullos y los llantos histéricos, contengo mis ganas de mandarlos a cerrar la boca y me detengo, maldigo en voz baja, y trato de serenarme. Tengo que tomar una decisión. Tengo que reconsiderar mis opciones y elegir.

Soy Atenea, soy Atenea, soy Atenea.

Soy alguien estúpido. Soy alguien muy estúpido. Soy alguien con poco sentido de la orientación, llorona y que me gusta hablar demasiado acerca de los sentimientos, y la bondad y tonterías. Soy alguien débil, con mala suerte.

Con muy mala suerte.

Casi me dan ganas de reír cuando finalmente sé a dónde ir, cuando saco nuevamente mi linterna, y miro hacia el corredor que nadie en su sano juicio, salvo que realmente quiera dar con el enemigo, tomaría. Excepto ella. Porque es así de idiota.  

Tomando una posición defensiva y alzando mi espada comienzo a caminar nuevamente. La oscuridad del túnel me envuelve, y no voy ni por la mitad del trayecto cuando me doy cuenta de que debo de estar en el mayor matadero de toda la base; el olor a sangre es tan fuerte que me dan ganas de vomitar, y el sonido de mis pasos es aplacado por los murmullos incoherentes de los cuerpos moribundos de los soldados a mis pies, por los gritos, voces y disparos en la lejanía. Mis oídos zumban con el incesante sonar de las alarmas en el techo y decido apagar mi linterna cuando las luces de emergencia comienzan a aparecer frente a mí. Mientras más avanzo, más soy consciente del tiempo, de las circunstancias y las probabilidades. Estoy trabajando contra reloj. Cada paso que doy por este camino podría estar alejándome o acercándome a ella. Decidiendo si dejar que apunten o no hacia su estúpida cabeza.

Luego de 15 minutos de recorrido, el pánico me invade y me estoy empezando a imaginar su cuerpo entre los tantos tirados en el piso. Tal vez ya esté muerta. Tal vez Aries la encontró. Tal vez esté agonizando y maldiciéndome con su último aliento.  

Tal vez debería dar la vuelta e ir en otra dirección.

Doblo en una equina, y estoy a punto de girar sobre mis talones y volver, cuando entonces la veo. Ella está a pocos metros de mí, mirando horrorizada hacia todas partas y trastabillando con sus propios pies. Consciente de la situación, me acerco en silencio, asegurándome de que no haya nadie apuntándome entre las sombras mientras avanzo, y entonces estoy a medio paso de ella, cuando la princesita sin neuronas decide gritar.  

Prácticamente le salté encima para taparle la boca.

— ¡Ay, mierda, soy yo! —La suelto y mi mirada corre en todas las direcciones en busca de alguien que nos haya escuchado. — ¿Por qué siempre tienes que chillar? ¡Vas a hacer que nos metan una bala por el trasero!  
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Mensaje por Stonem Girl el Miér Dic 06, 2017 5:47 pm

El vívido terror y la seguridad de que seré asesinada se ven opacadas cuando reconozco la voz irritada y quejosa de Ra. Cuando me suelta y puedo girarme para verlo, para confirmar que no me lo imaginé, el alivio que siento es tanto que mis rodillas casi se vuelven gelatina.

— ¡Gracias a Dios!

Sonrío tal que las mejillas me duelen, me siento tan feliz que ni siquiera presto atención a su regaño e impulsivamente lo abrazo, a él y al sentimiento de resguardo que me brinda, al hecho de que ya no estoy sola y a la suerte de que Ra parece estar bien. Sólo por un segundo me olvido de que los problemas no se han ido, hasta que el olor a sangre y el ruido de las alarmas me regresan a la tormenta; me recuerdan al intruso y al cuerpo de Cael en el suelo. Me recuerdan que la amenaza sigue sobre nosotros, que podríamos morir.  

Me aparto antes de que Ra mismo me empuje y lo veo, otra vez con temor en mis ojos, otra vez temblando. Tengo miedo y sin éxito lo busco también en Ra; él se ve desconfiado de su entorno, no asustado, y se le nota precavido. Puedo saber por su mirada que está listo para matar a alguien justo ahora, justo delante de mí. Siempre, desde el inicio, he sabido lo que Ra puede hacer, que sus manos no titubean para alzar su espada contra alguien más, que es un soldado con altos números rojos…, pero nunca me resultó tan evidente y difícil de ignorar como ahora.

Creo que la voz me tiembla al dirigirme a él.

— Ra…—llamo y después miro sobre mi hombro, hacia Cael—, tenemos una baja…, es el soldado Zabat. Llegué aquí y ya estaba muerto… —el habla se me dificulta más en cada palabra y termino arrugando el ceño y apretando brevemente los labios, exaltándome ante lo atroz e injusto que ha sido el ataque. No le dieron oportunidad, acabo pensando llena de rabia e indignación. ¿Qué clase de persona mataría a alguien así? Tan cobardemente—. Él ni siquiera tenía un arma. No ha podido defenderse.

Pude haber sido yo. El enemigo no se lo hubiera pensado dos veces para matarme en el mismo instante de verme. Sólo he tenido suerte de no encontrármelo en el camino, o al menos hasta hora.
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Mensaje por AVAN el Miér Dic 06, 2017 11:16 pm

[….]




 
Su rostro se retuerce y se contrae con incomodidad ante la efusividad con la que lo recibe Atenea. Se mantiene quieto, helado, cuando ella lo abraza, y cada musculo y tendón de su cuerpo se retuerce sobre sí mismo y se transforma en piedra. De repente quiere despegarse de su propia piel. De repente le parecen muy interesantes las luces rojas que los alumbran y la oscuridad que los rodea. Ella continúa abrazándolo durante demasiado tiempo y el contacto está pasando de abrumador a intolerable. Hay un puñado de arañas agrupadas en su garganta y una incomodidad incalculable subiendo por su cuerpo.  
 
Él no era una persona precisamente afectuosa, de hecho, prácticamente lo ponía enfermo. No le gustaba, ni dejaba, que las personas se acercaran demasiado, así que lo que estaba haciendo allí era un esfuerzo sobre humano. Pero el esfuerzo sobre humano y su nivel de tolerancia tenían un límite, y estaba a punto de alejarla, cuando ella misma lo hizo. Su cuerpo se destensó de inmediato y soltó el aliento que no sabía que estaba conteniendo.  
 
Ahora tenía la imperiosa necesidad de atravesar algo con su espada.  
 
Atenea da unos pasos hacia atrás y se aleja, desviando su atención a un cuerpo sin vida que yacía tendido en el suelo sobre su propio charco de sangre. La mandíbula de Ra se aprieta, volviendo nuevamente a centrarse en su entorno, más lo que ve no lo sorprende ni lo remueve ni un poco. Este no sería el primero ni el último cadáver de un soldado que vería a lo largo de su vida. La muerte había desfilado demasiadas veces frente a sus ojos como para en este punto ser capaz de provocarle algo.  
 
Entonces ella habla, y lo que escucha por poco y le provoca una carcajada.    

«Él ni siquiera tenía un arma. No ha podido defenderse.»  

Ra la mira, con la mezcla de la diversión y la sorpresa brillando en sus ojos.

— No puedo creerlo. En serio eres increíble. — Su mirada se desvía hacia el cuerpo inerte de Zabat y se ríe. Se ríe con ganas, con hastío. —  Estamos atrapados, con el enemigo probablemente sobre nuestras narices ¿Y tú te detienes a pensar y a sentir lastima por alguien que ya está muerto? Estamos en un campo de batalla, princesa. Reacciona. Él no será la única baja que tendremos, y si no te concentras en tu propia vida, tú serás la siguiente.  

Sus manos se deslizan por sus caderas, hacia el arma enfundada en su cinturón, y se la entrega junto con un pequeño cartucho de balas, mientras sus ojos vienen y van por los diferentes caminos que los rodean. Estaban muy mal ubicados, prácticamente en una intersección. Una posición ideal para una emboscada. Él sabía que, si fuese el enemigo, no dudaría ni un segundo en tomar semejante oportunidad. Tenían que salir ahí, y tenían que hacerlo rápido y bajo el menor peligro. El problema era que no sabía qué era lo que estaban buscado, no sabía que áreas estarían más cercanas o alejadas de su objetivo.  

Tendría que tomar una decisión basándose en lo que había visto hasta ahora.  

Reajustando el agarre en su espada, Ra le indicó a Atenea que lo siguiera, y él estaba dando su segundo paso, cuando el impacto de un disparo en la esquina contigua lo detuvo en seco. Sus ojos se mantuvieron fijos en el trecho, en la negrura frente a él. Pero era incapaz de escuchar nada que delatase su posición, que le dijese si se habían movido o no.  

— Espera aquí. — Susurró hacia ella. — Si no vuelvo en 15 segundos, corre.  

Su cuerpo se contrajo en una posición agazapada, y en completo silencio, comenzó a caminar y desapareció en la penumbra.
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Mensaje por Stonem Girl el Jue Dic 07, 2017 1:48 am

La cínica risa de Ra me toma desprevenida y lo veo sin poder creerme que realmente se esté riendo. No entiendo, no sé cómo esto podría serle gracioso. Sus palabras ácidas rematan el chiste y me siento afectada por todo lo que ha dicho, tanto que acabo alejando la mirada de él, con rabia, aún más con tristeza. Quisiera contradecirlo y explicarle que toda vida perdida debe lamentarse, pero sé que me ignoraría o respondería algo que termine por derrumbar mi ideología. Su lengua es tan afilada como la espada que posee, y yo soy tan emocional que le sería igual que rebanar mantequilla. Así que guarde en mí la necesidad de preguntarle, de saber, si él también sería capaz de matar a alguien que no puede defenderse.

¿Realmente éramos tan diferentes?

Recibo el arma de Ra en las manos y la contemplo con apremiante desconcierto, como si no supiera lo que es o para qué. Pero sí lo sé. Sobre mis manos, esta arma pesa diez veces más y siento que si llego a disparar, saldría volando de entre mis dedos. Yo no puedo hacer esto. Sin embargo, mirando la espalda de Ra, creo que no tengo otra opción. Si él me da un arma, es porque yo necesito un arma. Sigo confiando en él.

Continúo atenta a Ra cuando aquel disparo cae no muy lejos de nosotros. No grito, pero me encojo detrás de Ra e instintivamente mi dedo se tensa contra el gatillo del arma. Nos encontró. Mis rodillas tiemblan y mi pulso se acelera, mientras el pánico se deshace del alivio que antes sentí. Nos ha encontrado y va a matarnos.

Espero a escuchar más disparos o los pasos del atacante, y de hecho me sorprendo al sentir la urgencia de descargar el arma hacia la oscuridad que tenemos delante, sin apuntar a alguien, sólo deseando que una bala caiga en el lugar correcto antes de que haya un enfrentamiento más directo. Es el miedo hablando, es el que me dice que sí puedo usar esta arma, y que en realidad sí soy capaz de herir a otros para salvarme. No quiero ser la siguiente.

Todo es tan abrumador, que cuando Ra me habla, me sobresalto y mis ojos se abren con desmesura. Mis labios tiemblan queriendo decirle que no vaya, que corramos en la otra dirección, pero él se pierde en la oscuridad.

Quince.

Y yo quedo completamente sola una vez más. La sensación es más aterradora que antes. Mi pecho sube y baja con rapidez, sin perder de vista el punto en el que Ra desapareció. Estoy expectante, a la espera de que regrese.

Once.

Pero no escucho nada y comienza a sentir ansiedad y a preocuparme. Los múltiples escenarios se crean en mi cabeza y cada uno me alarma más que el anterior. ¿Debería ir allí? Ra dijo que esperara y después corriera si no volvía, pero siento que no podría hacerlo, no si se trata de él. No puedo dejar a Ra.

Seis.

Levanto el arma a la altura de mi rostro y se sacude sin que yo pueda controlarlo. Mi pulso me hace una mala jugada mientras intento reunir el valor de avanzar hacia donde debería estar Ra. No puedo ni siquiera imaginar lo que encontraré, o lo que yo podría hacer, pero no puedo esperar más. Tal vez Ra me necesita justo ahora.

Ha sido cuestión de un parpadeo.

Algo corta el aire cercano a mí y he sentido el roce de algo filoso en mi cuello. La sorpresa es tanta que se me escapa un disparo que cae en el suelo y yo, por simple instinto, me muevo hasta la pared totalmente desorientada. Me quedo contra ella mientras una sombra se mueve a mi alrededor y veo un oscuro destello antes de entender que me están atacando.

— ¡Ra!

El extremo de la kusarigama se clava justo sobre mi cabeza y un instante después yo me muevo hacia la derecha, casi cayéndome y con un grito ahogado en la garganta. Escucho cuando tira de la cadena, volverá a atacarme, pero yo intento correr y alejarme, aprovecharme de la misma oscuridad para esconderme. Pero mis pasos son inseguros y esa misma torpeza me hace ir tan lento que a los pocos segundos me jalan del cabello y me lanzan con fuerza hacia la pared. La ferocidad del golpe me hace perder el aire, pero me aferro a las posibilidades y resiento el arma en mis manos. No la suelto. Entrecierro mis ojos, adolorida, presa de los temblores más fuertes y visualizo a la persona que me ataca. Está delante de mí, quizá a un metro, tal vez más, puede que menos. Y otra vez escucho su amenaza, escucho el ruido de la cadena serpenteando. Quiere rebanarme el cuello.

Y yo levanto el arma para apuntarle y detenerlo, pero las manos me tiemblan y, a pesar de todo, me encuentro dudando por una pequeña fracción de segundo. No quiero matar a nadie, pero entonces yo terminaré muerta. Yo no quiero morir. Con cobardía cierro los ojos antes de intentar apretar el gatillo, decido arrebatar una vida; sin embargo, él se ha aprovechado de mi lapsus dudoso y me patea fuertemente la mano. Yo disparo de nuevo en consecuencia, mas veo que la bala cae lejos junto con el arma.

Cuando regreso la mirada al frente, lo primero que veo es la cadena y luego la siento enredándose en mi cuello. Me ha lazado como animal. Después esa misma cadena me tumba y mi cuerpo hace un ruido sordo al caer al suelo. Miro las luces rojas de las alarmas, que enseguida se opacan cuando mi agresor decide ponerse encima de mí. Tira de la cadena y me aterro  cuando se aprieta contra mi piel. Intento quitármela con desesperación, pero mis dedos no pueden colarse por debajo del acero y entonces comienzo a patalear y a sacudirme debajo de él. Comienzo a resentir la falta de aire, la cadena aprieta más mi cuello y ni siquiera puedo gritar. Llega un momento en el que mis movimientos se hacen más lentos, con menos energía, y los ojos se me llenan de lágrimas porque sé que moriré. Estoy muriendo. Y él sigue jalando más la cadena. Ahora está tan cerca que podría ver su rostro, pero una máscara no me lo permite, negándome el derecho de conocer a mi asesino.

Después mis ojos comienzan a cerrarse, parpadeo como si tuviera sueño, y entonces recuerdo todo lo que Ra dijo. El engreído no podía dejarme morir sin antes reírse en mi cara una última vez.
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Mensaje por AVAN el Vie Dic 08, 2017 1:05 am

Ra.




Mi cabeza está pesada, mi visión borrosa, mi corazón está tirando con fuerza hacia todas direcciones en un desesperado intento por saltar fuera de mi pecho, y hay un sabor amargo y metálico cubriendo mi boca. La incomprensión que envuelve mi cerebro es demasiada. Mi cuerpo se está retorciendo en agonía y no entiendo por qué siento tanto pánico, por qué estoy tendido en el suelo, por qué estoy sangrando.  

A pesar el punzante dolor en mi abdomen intento ponerme de pie y fallo irremediablemente.  Mi camisa comienza a teñirse de rojo e instintivamente llevo mi mano hacia allí; el dolor no es tan insoportable, pero estoy asumiendo que la herida es más grave de lo que creo por el gran charco de sangre que se está formando a mis pies. Pronto voy a desangrarme, y no lo estoy sintiendo. Mi cuerpo debe estar sedado por el shock y el trauma, pienso.

Intento elevar mi rostro y concentrarme en lo que está sucediendo fuera de mí, y jamás imaginé que una tarea tan simple y estúpida me tomaría tanto trabajo. Hay un gran bloque de concreto atascado en mi cerebro, y un extraño punto negro a un costado de mi visión. El aire comprimido que parecía mantener sellados mis oídos sale de golpe al mover mi rostro y de pronto estoy escuchando nuevamente las alarmas, de pronto percibo el olor de mi propia sangre y la histeria masiva de la base está envolviendo mis sentidos. La euforia y la adrenalina salen disparadas a toda velocidad por mi cuerpo y estoy cayendo de golpe hacia una piscina de recuerdos y sucesos tan rápido que por un momento pienso que voy a ahogarme.  

Y entonces veo el rostro enmascarado en mi memoria. Revivo los golpes en mi cara, el concreto estrellándose contra mi piel, la sensación de su espada incrustándose en mis entrañas y ahora verdaderamente estoy hiperventilando porque soy consciente de los pasos atrás de mí, del sonido de la punta de su espada siendo arrastrada en mi dirección.  

Ignoro el dolor del infierno que amenaza con partirme en dos y me pongo de pie tan rápido como puedo. Siento como mi abdomen se retuerce sobre sí mismo ante el esfuerzo y sin poder contenerme comienzo a vomitar un puñado de mi propia sangre. El pánico está subiendo por mis pies a toda prisa, el pánico y la certeza de mi muerte no me dejan pensar con claridad y este maldito cuerpo podrido e inútil no me deja moverme.  

Pero no planeo morir tan fácilmente, no voy a morir sin al menos llevarme una parte del cuerpo de ese maldito conmigo.  

Contengo la respiración e ignoro las sacudidas de dolor y los espasmos involuntarios que me envuelven, ignoro los gritos desesperados que arrojan mis nervios contra mi piel. Hago un esfuerzo hercúleo por combatir esta debilidad en la que me encuentro y avanzo, avanzo hacia mi arma, avanzo a pesar de la lentitud con la que me muevo, a pesar de oír la risa y los pasos de mi atacante pocos centímetros de mí.

Toma tu espada, toma tu espada, toma tu espada.

Él se ríe aún más. Sus pisadas aumentan de velocidad y entonces siento como me patea. Mi cuerpo rueda con fuerza por el piso y sin poder contenerme me encojo de dolor y cierro los ojos. Estoy temblando con virulencia mientras continúo recibiendo sus golpes y mi boca se abre y vomito lo que ya no sé si es solo mi sangre o algo más. Él está disfrutando de esto. Me está manteniendo en agonía el mayor tiempo posible para poder verme gritar, para escuchar como mis huesos se rompen uno a uno bajo sus asquerosos pies.

Toma tu espada, toma tu espada, toma tu espada.  

Sus manos agarran mi cabeza, la levantan, y la estrellan contra el suelo. Mis labios se abren y lo único que hago es boquear. La mitad de mi cuerpo está adormecido y siento como mi visión me falla, como el sonido de las alarmas se siente más lejano, como todo lo que me rodea parece alejarse cada vez más en un estrecho túnel que me encamina derecho a la inconsciencia.  

Y él me patea, me patea, me patea, me patea.

Estoy a punto de perder la lucidez cuando entonces da un puñetazo sobre la herida en mi abdomen, y el dolor que me traspasa se siente como una corriente eléctrica que quema y electrifica cada célula de mi cuerpo y aclara mis sentidos. Y entonces veo el metal brillando, veo el filo de su arma cerniéndose a pocos centímetros de mí.

A pocos centímetros de acabar con mi vida.

¡TOMA TU MALDITA ESPADA!

Antes de que pueda procesar lo que estoy haciendo me vuelvo intangible y el arma de mi oponente me traspasa. Mi cuerpo rueda sobre sí mismo a toda velocidad, en una maniobra que ni siquiera sé cómo soy capaz de realizar, y agarro mi espada, me giro, y antes de que él tenga tiempo de reaccionar, la clavo en su garganta.  

Su cuerpo inerte cae con pesadez hacia atrás e instantáneamente un nombre resuena en mi memoria. No me permito centrarme en lo que estoy sintiendo o en lo que acaba de pasar. Simplemente corro. Corro y corro por el pasillo en el que vine. Corro a pesar del dolor de mis heridas y de la pesadez en mi cabeza. Cada gota de sangre de mi cuerpo está siendo drenada y esparcida por todo el camino. Mis ojos amenazan con cerrarse en cualquier momento y aun así me las arreglo para no tropezar o desmayarme.  

Prácticamente estoy hiperventilando al borde de un precipicio cuando entonces la veo. Está tirada en el suelo, con un hombre que tiene dos veces su tamaño encima de ella. Sus manos están apretando y jalando con fuerza las cadenas enrolladas alrededor de su garganta. Atenea no emite sonido alguno, apenas si se mueve, y el pánico y el dolor de mis propias heridas me está inmovilizando. Soy apenas capaz de mantenerme consciente, pero tengo que caminar, tengo que detenerlo.  

Apoyo el filo de mi arma contra el suelo y a su vez me apoyo yo sobre esta, respiro, y me preparo para correr e intentar atacarle con lo poco que queda de mis energías.  

Entonces veo a Ivanov caminando en su dirección; él levanta su espada, se detiene a sus espaldas, y lo atraviesa desde la cabeza hasta la cintura.

La sangre sale disparadas por todas partes y baña mi visión.

El cuerpo partido a la mitad del hombre cae tieso sobre Atenea.  
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Mensaje por Stonem Girl el Vie Dic 08, 2017 5:13 pm

He dejado de escuchar todo a mi alrededor, de sentirlo. No es sólo al aire el que me falta, sino que la cadena está enroscada tan fuertemente, que estoy segura me ha cortado la misma circulación. Quiere asegurarse de que yo muera. Quiere asegurarse de que yo sepa que moriré. Por un instante, uno muy pequeño, siento calor en las palmas de mis manos, pero de inmediato se va, como si me hubiesen echado agua fría encima, una muy helada. Mi corazón debe estar latiendo menos. Casi no puede verlo ya, a mi agresor, y debe ser porque mis ojos apenas se mantienen abiertos; todo es tan borroso y desolador.  Sé que en el momento en que cierre los ojos, estaré muerta.

Y pensar que hace una hora estaba preocupada por terminar el papeleo.

Pero  alcanzo a ver una sombra detrás de él, cuando ya no creo que en mis posibilidades. Es Ra, debe ser Ra, es lo primero que pienso y gimoteo una última vez, esperanzada, queriendo luchar por no perder la conciencia. Y entonces la cadena alrededor de mi cuello se afloja, puedo respirar, mi sangre vuelve a mi cabeza y la sangre de ese hombre cae sobre mí. Su vida se derrama enteramente sobre mí. Me aplasta y yo comienzo a entrar en pánico, a empujarlo y retorcerme para quitármelo de encima, pero es demasiado pesado para lo débil que estoy y tardo más de lo que quisiera, hasta que lo hago rodar a un lado y me arrastro unos centímetros para alejarme. Está muerto, él de verdad está muerto. Veo su cuerpo y me estremezco con repulsión. Pero finalmente puedo respirar, agradezco y disfruto el aire, incluso con el olor metálico impregnado en él, todavía más en mí.  

Sin embargo, cuando levanto la mirada y veo a Orión Ivanov y no a Ra, otra vez me siento incapaz de respirar. La espada en sus manos manchada de sangre lo convierte en alguien más imponente, más mortífero, y yo no puedo quitarle la mirada de encima. Él me ha salvado.

Ha partido a un hombre por la mitad, pero me ha salvado.

— Gracias… — susurro y me mantengo en el suelo, sentada, temblando. Se lo he dicho sinceramente. Su presencia me intimida mucho más, me hace sentir pequeña, pero le agradezco.

¿Debería decirle algo más, quizá? Creo que a él no le interesaría escucharme, pero yo siento que un gracias no es suficiente. Me ha salvado la vida. Es un fuerte golpe para todo lo que había pensado sobre él.

Y antes de hablarle otra vez, porque de verdad iba a hacerlo, mi atención es llamada por una sombra cercana a nosotros. Reconozco a Ra enseguida, y lo que en un principio es alivio, al segundo se tiñe de rojo y me alarmo al ver toda sus heridas, al ver su sangre goteando y  al verlo a él tan debilitado, como una víctima. De nuevo, jamás lo había visto así.

— Por Dios, Ra —me levanto con apuro y he corrido hacia él. La espalda y el cuello me duelen, pero viendo su estado, no creo que haya comparación en lo que él debe estar sintiendo.

Pero no entiendo. ¿Quién lo dejó así, si se supone que era un intruso? Uno que Ivanov partió en dos.

Concéntrate, me digo, notando que la herida más grave que tiene Ra está en su abdomen. No sé ni cómo acercarme, ni siquiera me atrevo a tocarlo, pensando que quizá lo lastimaré más. Comienzo a desesperarme ahí mismo y termino volviendo la mirada hasta Orión, una suplicante.

— Tenemos que llevarlo a sanar sus heridas, ha perdido demasiado sangre.
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